Notas: Porque necesitamos más dosis de ternura y amor… Basado en un short animado con el mismo nombre del Ringling College of Art + Design

«The Wishgranter»
(One-Shot de Crazy4Bill)
Un hombre rubio de gafas, caminaba suspirando hacia la hermosa fuente que estaba en mitad de la plaza de aquella bella ciudad. Como todas las noches, tiraba su moneda pidiendo el mismo deseo de todas las noches después que su turno en restaurante terminará. Lo hacía siempre a esas horas, pues ya el ajetreo y las personas habían desaparecido y la fuente era sólo para él, además así, el duende del pozo de los deseos podría concederle de una vez por todas, su deseo.
Sacando la moneda, de aquellas viejas que ya estaban dejando de circular, cerró los ojos pidiendo su deseo, suspirando la besó y la tiró, ansiando que esta vez sí fuera realidad.
La moneda bajó y bajó por el canal especial donde, las monedas cargadas de los deseos, hacian su camino llegando al cuartel general del hermoso duende que abajo habitaba. Al momento de llegar a su destino, la vieja moneda activó la máquina de los deseos haciendo suspirar de aburrimiento al duende, pues ya estaba cansado y somnoliento ya que el día había estado más pesado que en otras ocasiones.
En la pantalla de su monitor, titilaba el ícono de DINERO que era el deseo solicitado, de nuevo suspirando miró otra pantalla y vio quién lo solicitaba.
―Gus, Gus, se me hacía raro que no hubieses hecho tu pedido como todas las noches ―dijo suspirando Geo, el duende de la fuente de los deseos. ―Tengo sueño, estoy cansado y por esta vez ―dijo suspirando― te concederé tu deseo, pero eso sí, de a poquitos, porque debes seguir trabajando.
Diciendo esto, se dispuso a apretar el botón que concedía los deseos de dinero, botón que ya no tenía su imagen nítida porque era el único deseo que la gente pedía.
―¿Por qué no piden amor, paz, salud, felicidad? ―se preguntaba Geo, mirando los otros botones que se veían casi nuevos por su poco uso.
Una vez apretado el botón del deseo, Geo pudo verificar que el deseo, en forma de humo de un hermoso color verde, subía por el mismo canal por donde llegaban las monedas y al llegar a la superficie, golpeó la cara de Gus haciendo que este sonriera sin saberlo.
―¡Oh! ¿Eso es un billete de £50? ―Dijo Gus agachándose a recoger el billete. ―Ahora creo que mi deseo fue concedido. Le compraré algo especial a Linda. ―Dijo con una sonrisa y, tarareando una canción, se adentró al restaurante a terminar de arreglar y limpiar, para por fin cerrar e irse a casa.
“Regent´s Park, próxima parada Great Portland Street” el hermoso rubio escuchó la femenina voz que anunciaba las paradas en los autobuses y metro. Esperó un poco hasta que el gran bus rojo hizo su parada y bajó.
Miró el paisaje y suspiró al divisar la fuente que sus amigos le habían dicho era mágica, pues le decían que sí concedería su deseo.
Caminó hasta la fuente, pensando muy fuerte en su deseo, porque esta vez quería con todas su fuerzas que se cumpliera, ya había esperado demasiado.
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Las ventas habían sido buenas, no podía quejarse además sus flores eran un éxito, le encantaba estar rodeado de ellas, además que desprendían un aroma exquisito. Tenía todo lo que se había propuesto, pero deseaba algo más.
Con muchos pensamientos en su cabeza, el hermoso castaño de nariz respingona miró el tarro donde le dejaban las propinas a ver que había dejado el día, y suspirando vio una sola moneda, incluso de denominación baja y de las antiguas.
Sonrió tomándola, ya sabía que haría con esta vieja moneda.
Caminó hacía la fuente con una sonrisa en su rostro, no era de hacer estas cosas, pero nada perdía al intentarlo, además, era lo que más deseaba.
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―Deseo encontrar mi alma gemela, el amor de mi vida ―dijeron ambos chicos al unísono, pero en sus pensamientos, mientras que cada uno, como si fueran un reflejo del otro, apretaban las monedas en su pecho, cerrando los ojos, para luego besar la moneda y lanzarla.
Los dos metales cayeron juntos y como si estos tuvieran imán, se pegaron y viajaron juntos por los canales hacía el cuartel general del duende de los deseos.
Una alarma poco usual despertó al adormilado Geo, verificando en su radar los deseos solicitados y vio que eran de los deseos que más adoraba conceder.
Presuroso y con una gran sonrisa en su hermoso rostro -algo poco usual en los duendes-, apretó el botón donde se mostraba un corazón. Geo saltaba en una pata por conceder este deseo y con ojos brillosos vio como el humo del hermoso color rojo viajaba por la canaleta hacía la superficie.
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En un momento, otra alarma le hizo saltar de su silla poniéndolo alerta, pues cuando verificó el viaje del deseo, se dio cuenta que no había salido de la canaleta debido a que las dos monedas que se habían atascado. Intentó enviar un poco más de amor, de ese fuerte, para mover los metales pero fue en vano.
Los dos hombres quedaron en silencio, sólo se escuchaba del agua de la fuente que corría, esperando que algo sucediera pero nada sucedió.
―Fui un estúpido en creer en cuentos para niños, además, crucé media ciudad para esto ―dijo el rubio con decepción.
―Sabía que era puro cuento chino ―Dijo decepcionado el castaño.
Ambos hombres, cabizbajos, suspiraron y volteando empezaron a tomar su camino de regreso.
Geo, más que alarmado buscando la solución, sacó su periscopio para comprobar con mejor visión que la de su circuito de tv, lo que estaba pasando por este error y vio como los dos hombres, con una cara de tristeza, se separaban.
―¡NO, NO, NO! No puede ser. Esto no puede ser, no se vayan. ¡NOOOO! ¡Tienen que estar juntos! ―gritaba el duende, como si con gritarles haría regresar a los hombres de arriba.
Salió corriendo hacía la ventanilla donde tenía las armas secretas que debía usar en casos como estos y, tomando un pequeño martillo, rompió el vidrio, sacando una caja apresurado.
―Sí, estas tres armas son las más efectivas, tengo que hacer que funcione ―Hablaba solo el duende mientras abría la cajita y en ella veía una bolita donde salían lo que parecía unos dientes de león que al momento de soplarlos, sus florecitas diminutas tenían el poder de enamorarte o concederte cualquier deseo, también estaba un hueso de pollo y por último, el arma que concedía cualquiera deseo. Cualquiera que fuera.
Armado con sus armas de emergencia, subió las estrechas escaleras que lo llevaban a la superficie saliendo por una tapa que parecía de alcantarilla. Pudo ver como el rubio y el castaño se alejaban lentos, pero tristes, cada uno por su lado.
Sigiloso, corrió hasta la floristería del castaño y con mucho cuidado puso los dientes de león en medio de los Crisantemos. Estaba seguro que el castaño, al ser un conocedor de flores, las tomaría y soplaría y de esa forma una de las florecillas alcanzaría al otro chico.
―¿Y esta maleza de dónde salió? ―se preguntó el castaño mientras arreglaba las flores para el siguiente día. ―Me dañarán las flores ―dijo tomando los dientes de león y lanzándolos a la basura.
―¡No, no, no, nooo! ¡No los lances! ―gritaba en susurros el duende, debajo de la mesa de las flores, mientras angustiado veía como el rubio se alejaba más cada vez.
―Bueno, si con este no funcionó, quizá con el rubio sí ―dijo el duende mientras activaba la bolita donde salían los dientes de león y se lo lanzaba al rubio dándole en la cabeza haciendo que muchos dientes de león salieran volando por los aires.
El rubio sólo sintió un pequeño golpe que le hizo voltear en busca del autor y el porqué de la piedra lanzada.
Los dientes de león volaron y volaron y uno de ellos cayó cerca de Gus, el mesero, quién limpiaba y recogía la mesa del restaurante. Levantado la flor, soplándola de inmediato algo apareció en una de las sillas de la mesa.
―Oh, ¿qué pasa aquí? ―Se preguntó Gus al ver aquella pequeña maleta y al abrirla encontró varias monedas de oro. ―¡Oh, hoy es mi día de suerte! Definitivamente el duende me está pagando todas las monedas que le he tirado. ―Sonriendo terminó de recoger y tomó la pesada maletita encontrada.
Geo solo se daba golpes en la cara.
―Hueso de pollo, no me puedes fallar ―dijo sacando su segunda arma secreta. Abrió un poco el hueso y lo lanzó cual boomerang hacía el rubio. Según los cálculos del duende, el hueso-boomerang tomará por el cuello al chico y lo arrastrará hasta donde el otro chico y todo listo.
Sí que era una buena arma secreta. El Hueso de Pollo nunca falla.
Tanta fue la fuerza con la que el duende lanzó el hueso de pollo que este llegó donde el rubio, que verificaba la hora del próximo bus en el aplicativo de su celular, pero le dio la vuelta y fue a parar a la cabeza de Gus, quién silbando limpiaba una de las ventanas del restaurante.
El rubio de lentes se sobó la cabeza, porque sí que había sido un golpe cuando vio en el piso el Hueso de Pollo, levantándolo sonriendo, pidió otro deseo más y de la nada, se encontró un fajo de billetes de alta denominación que cayeron del parasol de la ventana.
―Si mi suerte sigue así, podré comprar este restaurante y abrir otro, y sobre todo, tener una boda espectacular con Linda. ―Dijo el mesero, sonriendo aún más y haciendo ya planes con el dinero que estaba recibiendo por su deseo.
―¿A dónde fue a parar el hueso? ―Se preguntó el duende, tratando de ver el destino de su segunda arma secreta.
Suspirando tomó la última arma que le quedaba, aquella pistola que lanzaba un humo de color que otorgaba cualquier deseo. No era de usar esas armas secretas y menos esta última, pues concedería cualquier deseo y eso podría acarrear problemas en el magisterio de duendes, pero no podía permitir que dos almas gemelas no encontraran al amor de su vida. No podía pasar eso, porque ya no podrían encontrarla y no serían felices.
Cargó el arma con aquel humo de deseo color amarillo, apuntando hacia arriba, disparó, pero…. No salió nada. Su arma especial también había fallado; trató de golpearla, de agitarla pero lo único que logró fue que se activará llevándose a él de paso hacia los aires, pasando por encima del rubio, que ya veía venir a lo lejos el bus, y al florista, ya cerrando su negocio.
Al final, cayó en una acera un poco lejos de los chicos, golpeándose muy duro su trasero y para rematar, su pequeña maleta, donde tenía sus armas, le pegó muy duro en la cabeza y, cuando cayó al suelo, Geo se percató que no tenía otra arma secreta.
No pudo ocultar su tristeza y decepción. En todos los miles de años en este oficio de Duende concededor de deseos, no había perdido ningún caso. Esto sería una mancha en sus reportes y quizá una suspensión por parte del magisterio de duendes.
―Oh, pobre hombre, nadie le dio una moneda el día de hoy ―dijo Gus al ver al otro en el suelo, confundiéndolo con un vagabundo, ya que lo veía sucio, desarreglado y despeinado por toda la batalla que libró, además de la maleta de sus armas, abierta a modo de pedir limosna.
―Tome, buen hombre, compre algo de comer, mañana será otro día y puede ser el de su suerte ―Le dijo Gus al momento que le lanzaba la misma moneda grande y antigua que había lanzado inicialmente a la fuente.
El duende lo miró atónito, alejándose y silbando, cargando en sus brazos dos maletas que se veían pesadas por el dinero.
Tomó la moneda y la reconoció y, con una sonrisa, agradeció el gesto, pues a la final, Gus era un buen hombre y estaba compartiendo algo de su suerte.
Corriendo y con la moneda en sus manos, Geo salió corriendo para ver si no había perdido sus dos almas gemelas, encontrándose con que el rubio estaba a punto de montarse al bus y el castaño ya tomaba camino a su casa por el sentido opuesto.
Corrió aún más y, casi volando, Geo lanzó con todas sus fuerzas aquel metal deseando que abriera el paso al deseo del amor atascado por las otras dos monedas.
La moneda cayó con la suficiente fuerza para que las atascadas abrieran paso al deseo y este salió con una fuerza igual, y al llegar a la superficie se dividió.
Una parte fue hasta el gran bus rojo y la otra hacía el otro chico, que ya abría la puerta de su carro.
El rubio no sabía qué pasaba, pero sentía una gran fuerza que lo halaba y lo obligaba a salir del bus, el castaño sintió como otra fuerza le halaba de su camisa cerrándole la puerta del carro. Los dos hombres no podían explicar lo que estaba pasando.
En cuestión de segundos, se golpeaban mutuamente cayendo fuertemente al suelo.
Se quedaron mirando por un momento, tratando de buscar explicación a lo que acababa de pasar, pero luego olvidaron la situación, porque se encontraron en los ojos del otro. Una gran sonrisa y un rubor se vio en cada una de sus caras.
―Ho…hola… ¿estás bien? ―Preguntó el rubio, ayudando a parar al otro.
―Este… sí… supongo ―Respondió el otro, mientras se limpiaba algunas hojas y flores de la cabeza.
―Soy Tom … ―Dijo nervioso el castaño
―¿Ah? ¡Ah! Ssoy, Bill… ―respondió de igual forma el rubio.
Geo miraba desde la tapa de la alcantarilla y suspiraba, a pesar de haber pasado por lo que pasó, tenía su mejor recompensa. Ver dos almas gemelas encontrarse y estaba seguro que serían felices. De eso también podría encargarse.
Con ese pensamiento y, con un último suspiro y una sonrisa, cerró la tapa para volver a sus cuarteles. Mañana sería un día igual de ajetreado, con muchos deseos que debía conceder.
& FIN &
Gracias por la visita 🙂