La sangre también une 23

Fic TWC de Sxgar_V1rus

Capítulo 23

By Tom (Tres años atrás)

El problema conmigo es que no sé cuándo parar. Y cuando me doy cuenta, ya es tarde.

Se supone que la gente nace en el mundo para ser normal. Nacen, crecen, estudian, se casan (no con sus hermanos, claro), tienen hijitos, cogen una hipoteca y problemas de colesterol. Al morir todos fingen que fueron unos santos.

Yo no. Yo nací con una bomba dentro y otro de mis problemas es que el maldito detonador tiene unos ojos iguales a los míos y tiene nombre.

Bill.

La última vez que lo vi a Bill antes del juicio, ni siquiera parecía humano. Aún me sorprende que su voz no se haya visto tan afectada después de tener un tubo unido a su cuello.

La habitación del hospital olía raro, a flores de plástico y medicina, como si alguien intentara esconder algo feo con algo más «lindo». Esa vez solo me dejaron entrar una sola vez y Billy ni siquiera estaba consciente.

Estuve allí, para una visita didáctica. Mira lo que hizo el enfermo mental.

Estaba delgado y más que pálido. El brazo enyesado, pecho vendado. Si estuviera despierto probablemente no me hubiera hablado o mirado. Verlo así fue como tragar carbón al rojo vivo. Quise hablarle o tocar su mano, no lo hice y no me dejaron.

Tampoco lo merecía.

El juicio fue un chiste sin gracia. Una bola de ancianos mirándome de reojo y hablando entre ellos como si yo no estuviera presente. Me hicieron un montón de preguntas, me hicieron repetir la secuencia de lo que hice millones de veces.

«¿Qué estabas pensando?», «¿Por qué le hiciste eso a tu hermano?», «¿Entiendes la gravedad de tus actos?»

Probablemente no se acuerde, pero lo trajeron desde casa en una silla de ruedas y ropa cómoda. Parecía un acto para que los jurados sientan pena por él y me condenen con todo. En medio de eso se escuchaban cosas como: «Agresión grave», «peligrosidad», «fracturas múltiples», «necesidad de corregir su comportamiento».

Me llamaron monstruo, psicópata, de todo en realidad. Solo que nadie tenía la decencia de decirlo con voz fuerte y clara. O al menos decirlo en mi cara.

Yo tenía catorce. Catorce.

—¿Tienes algo que decir, Tom? — preguntó el juez con condescendencia.

¿Qué iba a decir? ¿La verdad?

¿Que lo necesitaba solo para mí?

¿Que me volvía loco verlo con Gustav, reírse con él, tocarlo, compartir cosas que antes eran mías?

¿Que me consumía la idea de que me hubiera reemplazado por otro imbécil?

¿Que cuando lo abrazaba quería quedarme ahí hasta fundirme con él, hasta que no existiera más espacio entre los dos?

¿Que cada vez que me decía «buenas noches» y se iba, me daban ganas de seguirlo y encerrarlo conmigo para siempre?

No.

Eso no lo iba a decir ni a balas. Porque eso, a ojos de todos, era peor que lo que hice. Y si lo decía, me encerraban por loco. O me arrastraban con camisa de fuerza.

Simone no lloró, ni siquiera me miró. Solo firmó los papeles, se acomodó el bolso y espero a que todo terminara para poder irse.

—Correccional juvenil hasta agosto. — Sentenció el juez. — Supervisión obligatoria. Cero contacto directo con la víctima sin autorización.

¡JA! le decían víctima, como si Bill fuera una estadística más. Y aún así osaban fingir que de verdad les importaba su bienestar.

La correccional fue… soportable. No era la cárcel que esperaba, tampoco se trataba de una escuela. Era un espacio de contención para chicos como yo, que se pasaron de la raya, que lastimaron y que no supieron parar.

Se trataba de un agujero de paredes de cemento, camas frías y conversaciones en donde se hablaba de cuchilladas como quien habla del clima.

De forma dolorosamente irónica, era más libre ahí que en mi casa. No tenía que verlo, no tenía que olerlo. No tenía que fingir que no me estaba volviendo loco por tocarlo una vez más.

Alrededor de la segunda semana conocí a Georg. Literalmente apareció como su lo hubieran sacado de un manicomio con estilo, me parecía un idiota con aires de grandeza. Demasiado hablador. Con demasiada seguridad en sí mismo.

Había mañanas en las que tenía esa energía del tipo que no sabes si va a besarte o romperte la nariz.

Lo detesté. Obviamente.

Lo primero que me dijo fue. — ¿Tienes cigarrillos?

—No.

—Pff. Mentiroso de mierda. De lejos tienes la cara de fumador frustrado.

Me acusó de traficar cajetillas, armó un escándalo y terminamos por darnos de trompadas. Y cuando estuve a punto de partirle la mandíbula, se rió.

SE. RIÓ.

—Eres interesante. — Me dijo mientras sangraba de la nariz y de la ceja. — Te quiero conmigo.

Así fue, me adoptó como un perro callejero. De repente tenía una sombra, alguien que se sentaba conmigo, que me empujaba a no morir del aburrimiento. Alguien con quien me reía de cojudeces que ni tenían sentido.

—¿Por qué te juntas conmigo? — Le pregunté.

—La primera semana te vi. No comías, ni hablabas con nadie y, además, tenías la cara de alguien que lo perdió todo. Me dió curiosidad cuánto más ibas a durar.

Le conté lo de Bill, no todo. Pero lo suficiente como para que supiera que mi caos tiene nombre y apellido.

Algunas noches soñaba que volvía a verlo. No en el hospital. No en silla de ruedas.

En su cama. En la mía. Da igual.

Con la misma cara de siempre: mezcla de miedo y deseo, como si no supiera si quería que lo abrazara… o que lo hiciera mierda.

En sueños no me detenía. me daba el permiso de hacer lo que quisiera con su cuerpo. Sentir su piel desnuda bajo las mis dedos, morder, besar y empujar dentro de él. Me perdía en su voz ronca diciendo que no parara.

Y al despertar… el puto vacío de saber que no estaba a mi lado.

Otras noches, me bastaba pensar en él para dormirme. No en el Bill que hice pedazos, no. El otro, el que me miraba con adoración, el que se colgaba de mi cuello, él que se escabulle en mis sábanas. Él que me tocaba con su característica suavidad como si yo fuera frágil.

Pensaba en cómo lo dejé, en cómo sangraba, como me miraba con terror antes de perder la conciencia. Y, jodidamente, en sus secuelas.

No porque me importaran los informes, sino porqué si olvidaba nuestros momentos… si él olvidaba, yo me quedaría solo con la culpa.

Salí en agosto y el aire me pareció demasiado limpio, quizás falso.

Simone me recogió. No dijo ni una palabra. Gracias, Jörg, por pagar todo y obligarla a cumplir su parte. La reina del hielo condujo como si llevara una bolsa de basura en el asiento del acompañante.

Al llegar a casa, me metí en mi cuarto y cerré la puerta. Todo seguía igual, la guitarra, los guantes, el colchón. Hasta los dibujos de Bill en la pared, hechos con plumones baratos cuando era niño. Todos seguían ahí.

Menos él.

La correccional fue una cárcel, sí. Pero al menos era una cárcel sin su olor y sin su voz. Volver a casa fue peor. Porque todo estaba igual, excepto lo único que importaba.

Todo había empezado por querer que mi hermano fuera solo mío y al menos no me arrepiento de eso.

Me arrepiento de la forma en que lo hice, de haber usado los puños en lugar de… no sé cualquier otra forma de mantenerlo a mi lado. Me arrepiento de ser tan cobarde.

Ahora no podía mirarlo sin que me devuelva la imagen del psicópata que fui. Y él… probablemente sea incapaz de verme sin recordar todo el dolor. Sin embargo, sé que todavía me llevaba dentro.

Lo sé cuando se queda callado si me nombran, lo sé cuando lo veo moverse con incomodidad si estoy cerca, cuando su respiración cambia, cuando traga saliva, cuando no sabe dónde meter las manos.

Sé que me odia. Y también sé que en algún rincón oscuro de su cabeza me sigue esperando.

Continúa…

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por admin

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